Y tú, ¿cómo vives la ira?
Ninguna de las entradas de este blog ha sido tan pensada como esta. Inicialmente, estaba previsto que estuviera compuesta, principalmente, por un poema que escribí en enero sobre la ira, pero ha ido transformándose. Hace tres semanas, me comprometí públicamente a publicar este post. Sostener dicho compromiso ha sido interesante porque he logrado ver muy de cerca mi perfeccionismo en acción. Como tenía siempre en mente la presión autoimpuesta de que esta entrada fuera "perfecta", me ha resultado casi imposible sentir que da la talla.
Escribir este texto ha significado encontrarme una vez más con mis sombras y abrazarlas. Abrazar el temor de publicar algo sobre lo que yo he puesto infinitas expectativas y que los demás es probable que ni siquiera estén esperando. Ha significado escuchar al miedo a hacer el ridículo y regalarme compasión cuando estas ideas cruzan por mi cabeza. Algunas ni siquiera cruzan, se instalan durante días hasta que un nuevo temor las desplaza. He aprendido a pedir ayuda, cosa en extremo difícil para mí porque "depender" de un otro se siente peligroso, inseguro. Ser autosuficiente y no necesitar nada de nadie ha sido mi lema inconsciente durante casi toda mi vida. Ya no más. Somos seres sociales, así como una especie que ha evolucionado en manada. Tener un grupo que te acompañe y te sostenga, una comunidad de personas con sueños e intereses similares, termina pesando más que cualquier expectativa autoimpuesta. En esta publicación van a encontrar opiniones y reflexiones que personas que me ayudaron con sus comentarios sobre cómo viven la ira, qué significa para ellos, dónde la sienten y si tiene o no un propósito en su vida. Y también se toparan con dos pinturas que realicé inspirándome en lo aquí escrito. Sin más dilación, señoras y señores, con ustedes: La Ira.

Fotografía 1. Óleo sobre lienzo. Los colores de mi ira representados en calma y distorsionados por las garras de la frustración.
LA IRA TIENE COLOR
La ira es roja, blanca y negra.
Roja por el calor casi insoportable que el desagrado enciende en mi pecho.
Blanca por la infinita opresión en mi garganta, que ilumina mi deseo de retribución.
Negra por la pesada bruma en mi cabeza, que nubla mis sentidos ante la razón.
Me quema, me incomoda; me obliga a moverme.
El pecho me arde de rabia y de pena mientras me miro inerme.
Me enerva la injusticia y la falta de consideración hacia mí como persona, como profesional, como ser sintiente.
Respiro hondo para calmarme y escribo, transformando la furia en arte.
Les doy espacio a las sensaciones en mi cuerpo.
Intento sentir mi ira y no juzgarla, no juzgarme en el proceso.
Poco a poco la calma vuelve a mí.
La indignación se retira hasta una próxima vez.
Sobreviví a mis sentimientos, pude con ellos.
Así como puedo permitirme perderme por un momento y sentirme ajena a mí porque sé que, al final del túnel, ocasión tras ocasión, me encontraré.
---
Este es el poema que escribí el 04 de enero de este año y que he revisado y modificado para esta publicación. La
idea es ir desempolvando textos que surgieron de emociones muy fuertes y que he dejado
descansar. Textos que, al escribirlos, no pensé que verían la luz del día. Se
siente bien compartir mi voz con el corazón abierto al cambio, pues sé que dentro de unos años podré ver mi progreso
y lo que hoy comparto me parecerá ingenuo o inocente, como cuando leo lo que
escribía a los 17 años.
Mi propósito principal al hablar sobre la ira no es hacer un análisis profundo del origen adaptativo de esta y de sus funciones biológicas. No. Mi interés en hablar sobre cualquier emoción, especialmente de las emociones primarias o fundamentales, es resaltar su función comunicativa. Para mí ha significado un gran hito entender que las emociones siempre tocan a la puerta de nuestras psiques con un objetivo. Ese objetivo no es fregarnos el día en el caso de las emociones "desagradables" como la ira, el miedo, la tristeza o el desagrado. Su propósito es alertarnos de algo que está pasando a nuestro alrededor, o en nuestro interior, y que necesita nuestra atención. Darles espacio a nuestras emociones no significa que podamos actuar cómo se nos venga en gana excusándonos en que fue una "respuesta emocional". Saber gestionar nuestras emociones es parte de practicar la responsabilidad afectiva con nosotros y con las personas que nos rodean.
Por ello, me imagino a la ira como una presencia, observando la vida desde la ventana de nuestra mirada, esperando a ser llamada para cumplir su función: avisarnos cuando hay algo que cambiar, un límite que poner o una injusticia que enfrentar. Esta puede tomar muchas formas y colores, para mí, como ya lo establecí, es roja, negra y blanca. Para otras personas va del "anaranjado al carmesí profundo", para aquellos más imaginativos es "roja con puntos negros" y para ciertas almas no tiene un color.
![]() |
| Fotografía 2. Acrílico sobre lienzo. La presencia que imaginé para representar mi ira con un pequeño ángel a su izquierda, dándole cavida a la razón. |
LA FURIA
Varios años han pasado desde la
última vez que sentí furia. Según yo, un sentimiento de ira acompañado de
locura, una ira sin control. Fue durante el primer o segundo año de pandemia.
Me sentía solo, vacío, agobiado por las responsabilidades, la gente, la vida.
Quería desaparecer. En algún momento, mientras scrolleaba por redes sociales,
sentí que ya viví lo suficiente. Sin embargo, fui más consciente que nunca de
la falta de valor para forzar mi final, mi muerte intencional. Eso me desbordó.
La ira se apoderó de mi cuerpo y proyecté mi enorme deseo de autodestrucción en
mi celular. Como si me destrozara a mí mismo, arrojé el celular contra las
paredes y el suelo hasta que el vidrio que cubría la pantalla y el dorso terminó
en mil pedazos. Recuerdo que quise levantar el celular para culminar la
destrucción partiéndolo a la mitad y me corté los dedos con los cientos de
astillas de vidrio que habían quedado. Algo bueno, porque probablemente me
hubiese explotado la batería en las manos y la historia pudo ser mucho
peor.
En retrospectiva, esa furia la
sentí todo el cuerpo y mente. Porque, después, lo que sucedió me parecía
irreal. Como si alguien más hubiera tomado el control de mi cuerpo. Por eso
asocio la emoción con la ira acompañada de locura.
- A.M.
LA IRA
La vida nos presenta diversas
circunstancias, retos, personas y como seres humanos cada vivencia nos
despierta emociones. Entre estas nos encontramos con la ira o el enojo, una
emoción que tiende a hacernos perder el control de sí mismos. Es normal sentir
ira y está bien hacerlo, pues habla de nuestros límites; lo que no está bien es
que el enojo nos lleve a reaccionar de manera negativa ante determinado suceso
o persona, aun cuando ésta sea quien la haya causado. Es necesario entender que
no tenemos el control de todo lo que pasa a nuestro alrededor, ni de las formas
de actuar de las demás personas; mas la reacción ante todo esto sí nos
pertenece. Si trabajamos en nuestro crecimiento personal podemos controlar
nuestras reacciones y aprender de cada situación. Para lograrlo, es importante
validar la emoción y aceptarla como parte de nuestro ser, tomarla como una
oportunidad de conocernos más, de analizar si está en nosotros cambiar algo que
mejore el contexto o como aquello que nos muestra que es necesario expresar lo
que nos molestó y plantear nuevas maneras, volvernos solucionadores en lugar de
víctimas. Hay una frase muy cierta: “La vida es el 10% lo que te pasa y el 90%
cómo te lo tomas”. ¡Tengámoslo en cuenta y hagamos nuestra vida más bonita!
- Jenny Rivas
---
- LDVS
Los matices de la ira me parecen
infinitos, cada persona puede vivirla de manera tan única que diría que la
experiencia resulta inclasificable. Hoy me gustaría quitarle un poco de juicio
a esta emoción que solo intenta guiarnos hacia el entendimiento y la
resolución. La ira, como cualquier otra emoción, tiene un valor intrínseco
y es parte de nuestra experiencia humana. Al darle espacio y permitirnos
sentirla sin condenarla, abrimos la puerta a una mayor comprensión de nosotros
mismos y de nuestro entorno. A través de la aceptación y el manejo consciente
de la ira, podemos aprender a transformar nuestro descontento en acción y crecimiento. En lugar de temerle o reprimirla, invitémoste una tacita de té, o de café si así lo prefieres, y escuchemos. Solo así podremos
encontrar un equilibrio auténtico y duradero con nuestras emociones.
---
Con cariño y llena de gratitud hacia todas las personas que me ayudaron con sus textos y aquellas que están leyendo esta entrada,
Sofi.

Comentarios
Publicar un comentario